Todos lo hemos escuchado e incluso lo hemos vuelto un mantra en nuestro día a día. Una especie de recordatorio: Eres lo que comes.

Utilizamos esta frase para motivarnos, para establecer metas, para determinar el éxito o fracaso en nuestro desempeño en el tiempo. Nos lo repetimos los unos a los otros, lo leemos en las revistas más importantes del mundo; las redes sociales están llenas de publicaciones e imágenes que nos exhortan a adoptar esta “realidad” e incluso la comunicación de las tiendas de conveniencia hacen referencia a cómo nuestros alimentos hablan por nosotros, influenciando nuestros hábitos de consumo.

Nuestra relación con la comida, hábitos alimenticios, actividad física y, por lo tanto, con nuestra salud; comienzan a echar raíces no sólo en nuestra mentalidad, sino también en nuestras emociones.

Nos convertimos en seres humanos al servicio de un ideal de belleza, salud y bienestar, sin reconocer que todos estos elementos se ven, entienden y funcionan de manera diferente para todos.

¿Por qué es importante comprender que no eres lo que comes, sino mucho más?

PENSAR QUE SOMOS LO QUE COMEMOS PUEDE CONDUCIRNOS A RELACIONARNOS NEGATIVAMENTE CON LO MÁS ELEMENTAL QUE TENEMOS PARA BRINDARLE ENERGÍA A NUESTROS CUERPOS: LA COMIDA.

Debemos entender que el bienestar y los cuerpos sanos se ven diferentes en todos y cada uno de nosotros. Al consumir mensajes como “eres lo que comes” o “todo es cuestión de voluntad”, comenzamos a invalidar las necesidades de nuestro cuerpo de consumir ciertos grupos de alimentos y a basarnos en indicadores que no funcionan para todos. Dejamos de comprender la complejidad de los cuerpos propios. Pensar que somos los que comemos puede conducirnos a relacionarnos negativamente con lo más elemental que tenemos para brindarle energía a nuestros cuerpos: La comida.

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¿Por qué nuestra relación con la comida importa?

Importa porque tendemos a relacionar la salud con nuestro cuerpo, pero nunca con nuestro cerebro; que es el órgano en el que construimos patrones de pensamiento y de donde surgen las emociones. El cerebro es el centro de mando, por lo que la información que le proporcionamos condicionará la operación de una maquinaria completa.

¿Cómo nos desprendemos de estas creencias para crear hábitos más sanos y sobre todo reales?

Nos sometemos a rutinas de ejercicio que, al disgustarnos, relacionamos de manera inmediata al malestar y por lo tanto terminamos repudiando la actividad física.

Esto nos lleva a nutrir sentimientos de culpa, tristeza, insuficiencia, fracaso, desesperación y una profunda decepción. Asumimos que si tenemos ciertos deseos por consumir determinados alimentos es porque estamos fallando y nos sentimos culpables. Todo esto moldea patrones de pensamiento y comportamiento a su vez.

Tal vez esto nos orille a limitar aún más nuestra ingesta calórica. O puede ser que nos afecte a tal grado que desarrollemos resentimiento con nuestro cuerpo por el simple hecho de sentir hambre, afectando nuestra autoestima.

Acompañando estos comportamientos, encontraremos nuestra condición emocional y mental desgastada. Por lo tanto, debemos entender que la conexión entre nuestros cuerpos, emociones y pensamientos es innegable y está profundamente interconectada. Como consecuencia de mantener este tipo de patrones de pensamiento, hoy en día los índices de personas que padecen Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA) o bien, trastornos de alimentación, van al alza.

De acuerdo con Mayo Clinic, los TCA son:

 “Afecciones graves que se relacionan con las conductas alimentarias que afectan negativamente la salud, las emociones y la capacidad de desempeñarse en áreas importantes de la vida”.

Inclusive la gran mayoría de las personas con un TCA no buscan tratamiento formal para su condición o nunca reciben un diagnóstico medico apropiado; lo cual está ligado a la percepción social y comunitaria de los estándares de salud y belleza.

Como comunidad, estamos perpetuando estos círculos de comportamiento nocivos y de enfermedad que nos alejan a un verdadero bienestar integral y a una vida feliz.

Además de ello, la condición de políticas públicas para la salud en México en materia de trastornos de la alimentación no sólo es agravante, es discriminatoria y tiende a estar sesgada por las fobias que algunos individuos presentan en el sector salud.

Para atacar esta problemática y responder a las preguntas planteadas anteriormente:

Es necesario reconocer que hemos creado expectativas de belleza insostenibles

A la par, hemos convertido la industria de la nutrición en un negocio que responde a la demanda económica y de la moda en el mercado. No a la demanda de salud y bienestar que necesitan las comunidades; a lo que se suma el elemento social que tiende a etiquetar, juzgar y malentender la complejidad de un tratamiento pertinente para estos casos.

En este contexto, es importante cultivar y reforzar patrones de comportamiento saludables para nosotros y quienes nos rodean. Tener en mente que el ideal de salud es diferente para cada caso en particular, consumir información y contenido audiovisual responsable e incluyente para todo tipo de cuerpos y organismos. Y comprender que el proceso hacia una salud integral nunca termina, pero nos vuelve resilientes y nos permite servir a otras personas, así como conocer y sentirnos mejor con quienes somos.

Para acompañar estos procesos complicados, es necesario de un equipo profesional especializado. Por mencionar algunos, desde endocrinólogos, nutriólogos, psicólogos y psiquiatras, existe una amplia variedad de profesionistas en la salud con el conocimiento y la experiencia necesarios para acompañar cada historia. En ningún momento del proceso nos encontramos luchando solos.

Sobre todo es importante mantener la paciencia y compasión hacia nosotros mismos. No todos los días serán sencillos y en algunos momentos, los tratamientos parecerán abrumadores.

Los diagnósticos podrán parecer más fuertes que nosotros, sin embargo, es posible replantear las cuestiones más elementales del día a día para aprender de nuevo a relacionarnos con nosotros mismos y nuestro bienestar desde un lugar más sano en el interior.

Al final, darnos cuenta de que no somos lo que comemos nos librará de la limitante de ser sólo eso y no mucho más; más allá de lo que decidimos que está en el plato o el espejo frente a nosotros.  

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