Cuentan que…El antes y el ahora del confinamiento

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Cuando tenía 17 años leí una cita que decía algo parecido a “Si vives cada día como si fuera el último, es muy probable que algún día hagas lo correcto”. Me impresionó y en los últimos 33 años me miro al espejo todas las mañanas y me pregunto: “Si hoy fuera el último día de mi vida, ¿querría hacer lo que estoy a punto de hacer?”. Y cada vez que la respuesta ha sido “no” varios días seguidos, sé que necesito cambiar algo. Steve Jobs

Cuentan que…

Cuentan que sonaba el despertador y corríamos a bañarnos, si acaso bebíamos una taza de café con mucha rapidez y salíamos a nuestros diversos destinos; batallábamos con el tráfico todo el tiempo que la dinámica de la ciudad imponía para llegar; a veces puntuales, a veces casi sufriendo un colapso nervioso que tomaba unos minutos poder controlar mientras iniciábamos con las responsabilidades académicas, laborales, o del hogar.

Suena cansado, muy cansado, especialmente pensando que esta rutina, independientemente de la vida social que pudiéramos tener, duraba de lunes a viernes o sábado; todos los días, semanas, meses, años.

De pronto, en la tercera semana de marzo de este peculiar 2020, nos vimos en la necesidad de quedarnos en casa, en medio de un desconcierto enorme y, todavía más, de incredulidad y asombro; creímos que, en cosa de dos semanas, cuando mucho tres, estaríamos de regreso en nuestras habitualidades resultando indemnes al desastre.

No es como antes

En más o menos, cien días, nuestra realidad se ha transformado. Las y los más afortunados ahora nos levantamos y nos preparamos para trabajar en casa; ya no debemos transitar la ciudad perdiendo, cada día, entre una y dos horas, ¡a veces más!, en traslados para correr a realizar infinidad de actividades; podemos dormir un poco más, incluso desayunar en un horario específico o hacerlo mientras trabajamos. Nos arreglamos con calma y nos reconciliamos con nuestra esencia, sin máscaras, sin maquillaje, sin tener que demostrar nada a nadie.

Si no hemos establecido una rutina de formalidad ante la vida laboral y/o escolar padecemos desorganización y desvelos y, aun así, no es como antes.

Confinamiento físico, pero no social

A las horas programadas conectamos nuestros equipos electrónicos a las plataformas desde donde tomamos o impartimos clases, o concluimos pendientes, asistimos a juntas, organizamos, planeamos, tomamos decisiones, y entonces descubrimos que el confinamiento físico, que no social, nos permite tener una mayor estructura, un mejor manejo de agenda.

Y también hay que conectarnos con el hogar, ese que puede ser un remanso o un infierno.

Ocurre que tenemos más interacciones sociales con nuestras amistades cercanas, con la familia, con las y los compañeros de la primaria, la secundaria, la prepa y/o la carrera. Algunas conversaciones son divertidas, mientras que otras nos dejan un poco de tristeza en el corazón. Hay días cortos; y hay otros muy largos, complicados, caóticos, desastrosos, felices.

Hay relaciones que se han fortalecido, otras no tanto, ¡nuestras complejidades nos ganan! Una y otra vez olvidando que, a pesar de todo, muchas y muchos de nosotros, aun con pérdidas en el camino de estos tres meses; aprendemos a dejar de quejarnos para dar lugar al agradecimiento por las pequeñas grandes cosas que nos suceden en el día a día.

Nuevas habitualidades

Si nos damos permiso, nos hacemos más fuertes, más resilientes, más solidarios y, en el caso de las mujeres, más sororas. Sucede que tenemos tiempo para pensar, para escucharnos “hacia adentro” y cuando lo hacemos, algo cambia, iniciamos un camino a través del cual comenzamos a recuperar mundos perdidos en el correr de la vida “normal”.

Hemos normalizado lo que es anormal. Constantemente digo a mis estudiantes, “dejemos de ver como normal aquello que no lo es y volvamos a normalizar lo normal”. Sí, como trabalenguas: mucho por hacer, mucho por reinventar, mucho por mejorar como sociedad.

Tenemos y estamos creando nuevas habitualidades, estamos aprendiendo a vivir diferente, a pensar diferente, ¡a ser diferentes! No hay tiempo para victimizarnos, especialmente si somos de ese grupo privilegiado que sigue comiendo, que puede hacer cosas en la virtualidad, que duerme en una cama cómoda y tiene la posibilidad de aportar como parte de una ciudadanía activa y, es deseable, consciente.

Si abrimos nuestra mente, nuestra mirada, y nuestros oídos, ¿quién sabe?, tal vez resulte que podemos ser mejores personas, descubriendo que somos capaces de trabajar por el bien común y por un mundo mejor porque hemos podido mejorar desde nuestra deuda social, de actuar como agentes de cambio.

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